Pasan los Te Ene canales delante de mis ojos
Conductor mal tiempo buena cara de pánfilo
Cortina musical-comercial clásica-modernosa
“Te Ene aviones implotan contra Tuin Tene-Torres”
Repiten una, dos, quinientas veces.
Corte comercial
Pin Pan Pum
Comprá
Ganá
Viajá
Salí
Date el gusto
Pin Pan Pum
Estamos de nuevo dice cara de pánfilo
Pero más parece la tanda:
“Fundan fundación Tene-cológica
Esto es una Buena Noticia
Of course, nosotros Empresarios Chic Patriotas
Damos todo por el planeta
El trabajo y la tranquilidad
De la gente y no
Permitiríamos que los niños mendiguen”.
“Ley de anti Te Ene terrorismo:
Por su carácter tuin-incomprobable
No perseguiremos a nadie
Hasta que la aprobemos”.
Ahora la compañera de pánfilo:
“Vamos en vivo y en silencio
Desde el destruido pueblo de Garabatai”.
Ese lugar tan alejado.
Termina el paisaje desolador
Y qué mejor que Tinelli-Envaselinado
Con sus millones de sonrisas
gritos y razones para amarlo.
Ahora uno con cara de filósofo propone un acertijo:
"Por algo se hacen las obras
Porque el pueblo quiere
Porque el pueblo necesita
Porque a las constructoras les conviene
Todas las anteriores son correctas
Una de esto y otra de aquello."
Bien gracias, ahora el especialista en Política
Sí hoy hablaremos del decreto Te Ene 565-44-17
Donde Te Ene-Funcionarios
buscan reducir el calor de la frontera
Porque si bien en su época la frontera era un colador
Ahora es una red y mostrarla en televisión no
Deja bien parados los Honorables Camaríferos
Ni sus iluminadas, grandes y alejadas casas
De Chic Honorable Patriota Feudal.
Sentados en la misma mesa
Me mira a los ojos
y me dice
“Hablemos del futuro
Juguemos nuestro Te Ene papel
Con el progreso, y la policía, de nuestro lado”.
No coincidimos, no arreglamos, no pude defenderme.
Luego, en mi derecho a Tenerréplica
Aclaré la confusión: acallados mis dichos originales
Basaron la discusión en cualquier otra Te Ene cosa.
Tanda de Nuevo, y en este orden:
Mate la Ansiedad compre Redoblón
No crea más mentiras Bakunin Presidente
No piense más, qué falta hace, vea qué Golazo.
Al verme en la pantalla comprendo que soy parte del juego.
Tardo medio segundo
en apretar el botón rojo
Y en seguida aparece de nuevo ese mundo sutil, auténtico
Que todos llevan dentro aunque no lo puedan ver.
...fuchibol...
La primera vez que fui a la cancha con
mi hijo, fue éste el verdadero espectaculo para mí. Le compré su
reglamentario gorrito, le conté de los colores del club, de los
grandes ídolos, los campeonatos pasados, las vitrina internacional
aún vacía... también de los más de quince años de sequía en
torneos locales. Sus ojos se hicieron enormes cuando le dije que, de
ganar aquel día, quedaríamos ya enfilados en la primera posición
con tan solo dos partidos por jugar.
Compartíamos un chori y una gaseosa
sentados en la popular, cuando se escuchó retumbar la voz del estadio, con la formación de nuestro equipo: “...con el 1
Compañerismo, con la 2 de primer saguero Organización, con la
número tres Federico Respeto, 4 para Rebelión, con el número 5,
volante central, Juan Humildad, con la 6, de segundo saguero, Ricardo
Afecto, 7 Pablo Compromiso, 8 para Carlos Cultura, con la 9
Au-to-ges-tión (aplausos y gritos enardecidos bajaron de la
popular), con la 10 Alberto Magia y con la 11 Diego Armando Libertad.
Dirige técnicamente a Lechuga Fútbol
Club: Gabriel Ventisca.
Prepara físicamente: “el profe”
Omar Respireta.
La gente no dejaba de aplaudir un sólo
segundo, hasta que comenzó con el rival: “Y estos son (con mucha n
al final) los once del visitante: con el 1 en el arco Corrupción, 2
Franco Codicia, 3 Horacio Farsa, 4 Leguleyo, 5 Cúpula, 6 Alcahuete,
con la 7, de wing derecho, Francico Sordera, 8 para Hacinamiento, 9
Proxeneta, 10 Juan Carlos Patota, 11 Mauricio Pajarón.
Dirige Técnicamente al Club Atlético
Soplones Unidos: Nicolás Panicotta.
Prepara Físicamente: Rogelio Desgaste.
Cuando comenzó a rodar el esférico mi
hijo no miraba otra cosa que las tribunas; fascinado con el fenómeno
acústico-social más que con lo futbolístico. Algo más que
entendible en un niño de 6 años, que iba por primera vez a un
evento multitudinario, y que además pateaba la pelota en la plaza de
la esquina todos los días, sin que nadie lo mire.
El primer gol de Soplones, a los 25 del
primer tiempo, fue un duro golpe para nuestro amado Lechuga. La gente
enmudeció por unos instantes y luego volvió a su griterío eterno.
Mi hijo preguntó: ¿por qué gritan si nos hicieron un gol? Tuve que
explicarle que a los jugadores hay que alentarlos para que sientan la
fuerza la gente, que eso es más importante que el resultado. Mi hijo
puso cara de que sí, pero no sé qué entendió. Apenas le entraba en
los ojos tanta gente amontonada.
Llegó el entretiempo. Fuimos al baño,
esa tierra de nadie donde el hedor y la falta de mantenimiento hacen
su irrespirable comunión. La gente de nuestro club, siempre
idenficada por su paz y amistosa conducta, igual tira lo que le
sobra, igual tiene sangre caliente en las venas.
Ni bien empezó el segundo tiempo
empató Autogestión. Se trepó al alambrado y la gente se fue en
avalancha a gritar con él: GOOOOOOOOOL. Locura, pasión, griterío
ensordecedor y el gusto a dulce que brota en ese momento glorioso.
Gusto que nunca sabré de dónde sale.
Minutos después el árbitro cobró un penal, entre dudoso e inexistente, para Soplones. Patota lo capitalizó, rematando a Compañerismo, cuyo vuelo estéril aún no consigo olvidar. Algunos barrabravas comenzaron a apedrear el campo de juego, y
varios nos sumamos. Nunca supe explicarle a mi hijo de dónde salían
aquellos auténticos cascotes. ¿Por qué no alentamos en vez de
tirar cosas?, preguntó el pequeño, mientras yo aplicaba al
lineman, con inesperada puntería, las pilas de la radio.
Jugadores y jueces abandonaron la
cancha custodiados por la policía. Los hinchas gritamos
un rato más, transformando nuestra bronca en temblor sobre el
concreto. Felices de jugar nuestro papel. Los puntos fueron para el
visitante. Mi hijo, hasta mucho después, jamás entendió porque no
siguieron jugando. Faltaba un montón.
...omar...
No entiende muy bien la necesidad de comer. Desayunar, almorzar, merendar, cenar. Ella se nutre principalmente de colores y contemplación. Trabaja por inercia, no por la necesidad de dinero. La ayuda a no pensar, a organizar una rutina que da sentido a sus días.
En la esquina de su casa hay un puesto de superpanchos por el que pasa a diario. Lo atiende Omar, un tipo que pesa el doble de lo que imaginan. A pesar que Laura tiene marido, que conoce los juegos sexuales que más la satisfacen, que no le faltan amigos y amigas con los que tener roces casuales, siempre le quedó una curiosidad: los obesos.
Aquella tarde decidió comerse un pancho, con mayonesa y papas pai, y charlar un rato con Omar. Le pareció simpático: padre adoptivo de tres hijos varones todavía pequeños, casado con una “mamita” chaqueña que decidió rehacer su vida en la gran ciudad después de enviudar y perder lo poco que tenía. Omar era policía de vocación, tuvo que dejar la Fuerza por su desmedida honestidad. Después de charlar lo que dura una salchicha entre dos panes, siguió su día, y no pudo quitarse de su cabeza al gran chef de panchos.
Abrió la puerta de su departamento y allí estaba su marido, con la televisión prendida, la comida en el horno y la cara algo pálida. Pudo ver su cabeza llena de pensamientos. “¿Qué tal?”, preguntó ella, como siempre. “Bien, amor…”, dijo él, cual autómata. Comieron pastel de papa. Algo salado, pensó ella, que guardó su comentario por no incomodarlo. Como si no bastara una hamaca paraguaya en un jardín con árboles, un libro que inspire una idea bonita y lleve al sueño, dejarse llevar por la brisa. Nada de eso entre Laura y su marido, ellos como mundo, trabajo, departamento, la infaltable necesidad de llenar la heladera.
Sólo Omar puede rescatar el tesoro que se hunde dentro de Laura, cree Laura. Por eso terminan en un telo del barrio; Laura supo coquetearlo y Omar no supo resistir tamaña tentación, comerse aquella flaquita. La distancia entre la superficie y el tesoro hundido es más grande que la distancia que se genera entre las caderas de Laura y el pene de Omar, aunque erecto, escondido bajo la gran curva de su barriga. Laura no llega a nada, Omar se siente defraudado por sí mismo. Se miran, se sonríen, creen que está bien terminarlo allí.
Cuando pasa a veces lo mira a los ojos y lo saluda, otras va muy apurada y decide no hacerlo. Pero sabe que él está siempre ahí, vendiendo sus panchos y mirándola pasar. Como niño enamorado, espera que algún día se vuelvan a encontrar.
En la esquina de su casa hay un puesto de superpanchos por el que pasa a diario. Lo atiende Omar, un tipo que pesa el doble de lo que imaginan. A pesar que Laura tiene marido, que conoce los juegos sexuales que más la satisfacen, que no le faltan amigos y amigas con los que tener roces casuales, siempre le quedó una curiosidad: los obesos.
Aquella tarde decidió comerse un pancho, con mayonesa y papas pai, y charlar un rato con Omar. Le pareció simpático: padre adoptivo de tres hijos varones todavía pequeños, casado con una “mamita” chaqueña que decidió rehacer su vida en la gran ciudad después de enviudar y perder lo poco que tenía. Omar era policía de vocación, tuvo que dejar la Fuerza por su desmedida honestidad. Después de charlar lo que dura una salchicha entre dos panes, siguió su día, y no pudo quitarse de su cabeza al gran chef de panchos.
Abrió la puerta de su departamento y allí estaba su marido, con la televisión prendida, la comida en el horno y la cara algo pálida. Pudo ver su cabeza llena de pensamientos. “¿Qué tal?”, preguntó ella, como siempre. “Bien, amor…”, dijo él, cual autómata. Comieron pastel de papa. Algo salado, pensó ella, que guardó su comentario por no incomodarlo. Como si no bastara una hamaca paraguaya en un jardín con árboles, un libro que inspire una idea bonita y lleve al sueño, dejarse llevar por la brisa. Nada de eso entre Laura y su marido, ellos como mundo, trabajo, departamento, la infaltable necesidad de llenar la heladera.
Sólo Omar puede rescatar el tesoro que se hunde dentro de Laura, cree Laura. Por eso terminan en un telo del barrio; Laura supo coquetearlo y Omar no supo resistir tamaña tentación, comerse aquella flaquita. La distancia entre la superficie y el tesoro hundido es más grande que la distancia que se genera entre las caderas de Laura y el pene de Omar, aunque erecto, escondido bajo la gran curva de su barriga. Laura no llega a nada, Omar se siente defraudado por sí mismo. Se miran, se sonríen, creen que está bien terminarlo allí.
Cuando pasa a veces lo mira a los ojos y lo saluda, otras va muy apurada y decide no hacerlo. Pero sabe que él está siempre ahí, vendiendo sus panchos y mirándola pasar. Como niño enamorado, espera que algún día se vuelvan a encontrar.
...cono-cimientos...
sé de la cumbia
y las luces que encandilan de noche
del escabio y la despedida hepática
del instante iluminado de sonrisas cercanas
sé que el amor no se va sí puede nunca haber estado
supe que soy el que mañana escribirá estas palabras
y aquí estoy
llenando el espacio de un silencio pleno
raíz que se nutre de tierra para que brillen las hojas
sé que soy de madera para algunas cosas
bailar nunca fue mi fuerte
el tiempo dirá si aprenderé
arriba un enjambre robótico
perpetúa su miel ácida
y la historia llena de huecos
cuerpos humo espanto abejas reina
sé de la milonga en una baldosa
la respiración de la mujer agitando las entrañas
juguetes de la noche boyando en altamar
puchos masacrando los pulmones de vida
sé de la salsa del trópico
de siete cubalibres del mejor ron
veinte músicos arriba del escenario
para que una angelical morena rizada
acaricie mis ojos y me haga volar en la pista
sé de la improvisación y el éxtasis
y sé frenarme a contemplar
intuyo que TIENE QUE HABER
ALGO MÁS más más
caminé un lugar donde las cosas estaban y no
iban y venían millones de veces por segundo
y yo intentaba acompasarlas al pulso del corazón
mientras ese lugar sigue allí
yo permanezco en esta sed de limón
en esta cumbre de un cerro guanaco
más que la magia que nos envuelve
más que dolor y pérdida
HAY ALGO MÁS
me digo como en trance
pero este soy
y no puedo decir qué
LO SÉ
luego no estaré
HAY ALGO MÁS
multiplicando la lluvia
para que brote
y las luces que encandilan de noche
del escabio y la despedida hepática
del instante iluminado de sonrisas cercanas
sé que el amor no se va sí puede nunca haber estado
supe que soy el que mañana escribirá estas palabras
y aquí estoy
llenando el espacio de un silencio pleno
raíz que se nutre de tierra para que brillen las hojas
sé que soy de madera para algunas cosas
bailar nunca fue mi fuerte
el tiempo dirá si aprenderé
arriba un enjambre robótico
perpetúa su miel ácida
y la historia llena de huecos
cuerpos humo espanto abejas reina
sé de la milonga en una baldosa
la respiración de la mujer agitando las entrañas
juguetes de la noche boyando en altamar
puchos masacrando los pulmones de vida
sé de la salsa del trópico
de siete cubalibres del mejor ron
veinte músicos arriba del escenario
para que una angelical morena rizada
acaricie mis ojos y me haga volar en la pista
sé de la improvisación y el éxtasis
y sé frenarme a contemplar
intuyo que TIENE QUE HABER
ALGO MÁS más más
caminé un lugar donde las cosas estaban y no
iban y venían millones de veces por segundo
y yo intentaba acompasarlas al pulso del corazón
mientras ese lugar sigue allí
yo permanezco en esta sed de limón
en esta cumbre de un cerro guanaco
más que la magia que nos envuelve
más que dolor y pérdida
HAY ALGO MÁS
me digo como en trance
pero este soy
y no puedo decir qué
LO SÉ
luego no estaré
HAY ALGO MÁS
multiplicando la lluvia
para que brote
...diario del viajero interestelar...
Comenzarán un día sin que notemos nada
comprarán nuestra tierra
infiltrarán gente
acumularán codiciadas riquezas.
Notaremos que estamos algo complicados
que la tierra es ajena
que la gente se confunde
que sólo resta un arbusto del bosque infinito.
Cuando peor viene la cosa mejor termina
nunca podrán comprar nuestros cuerpos
ni la sangre primitiva que nos corre
al ver las estrellas sin alambre.
...gracias Henry...
"Hoy asistimos al espectáculo de poblaciones enteras que son arrojadas de sus tierras o exterminadas, y el mundo, si se conmueve, se siente impotente para intervenir. Hoy el sufrimiento de millones de personas nos conmueve menos que el incendio de un jardín zoológico. El miedo y el horror paralizan a todo el mundo. El hombre que realiza cálculos de largo alcance, el robot deificado, es quien gobierna. Aparentemente, su papel, su misión consiste en destruir aquello que se siente impotente para destruirse a sí mismo: la sociedad."
Henry Miller
Henry Miller
...orgulloso de mí mismo...
Voy por mi baldosa, tranca, como siempre, atravieso la lujuria, la insatisfacción y ni me inmuto, mantengo el caminar acelerado de siempre, para llegar antes que nadie a ninguna parte, miro los carteltes, las embarazadas, los obreros en las construcciones, los nuevos supermercados.
Por ejemplo, donde decía De Narváez 2011 ahora se lee "VENDE" y abajo otro cartel: "alquila". Nada de gente. Miro para todos lados, la calle ofrece muchos, quiero ver si te veo, pero solo encuentro baldosas y luces que ordenan mi caminar.
De repente voy lento no porque me guste, sino para recibir cada momento algo después, y disfrutarlo el doble cuando llega.
Discusión en la calle:
- !!!Imagináte que en esa ambulancia va tu vieja!!!
- No. Mi vieja ya falleció.
- !!!Ves!!! Se murió por pelotuda.
Anoche no termina: mi gerente saca billete de cien dólar y me pide que consiga una botella de José Cuervo. Aparezco unos minutos después en la mesa con el escabio y el vuelto. El jefe es el más alcóholico de todos nosotros, sospecho que por eso mismo es el jefe, y considerando lo que beben mis compañeros concluimos que es de hierro el hígado del jefe. Tiene campo y acciones, seguramente le dé para rapiñar algún puesto estatal, quizá hasta para la política. Por supuesto toma frula, y sabe conseguirla solito. Quizá hasta vende. Para su jermu obviamente es sólo el gerente de Seguros La Libertad, un laburador, un tipo con el que casarse y tener hijos. Insulta a su mujer y se ríe de ella con nosotros. Llena nuestros vasos cortos, brindamos por la salud que perdemos en el momento exacto de hacer fondo blanco.
Cansado del sillón negro, de las luces naranjas, salgo con una compañera a fumar un cigarrillo a un patio interno. Veo en sus ojos un inconfundible brillo libidinoso, pero no hago más que hablar idioteces. Le confieso, como si fuera un crimen, que tengo veinte pesos en el bolsillo y que mi mujer está en nuestra cama, esperando que llegue con la cena.
Pero eso no sucederá esta noche. Beberé a cuenta de mis compañeros de trabajo, y de las invitaciones del gerente. Pienso en renunciar, en que este traje merece descanso, en ser alguien que sabe lo que hace y no su propia sombra.
No encuentro manera de acabar con esta noche. Escabiamos como cerdos, obedecemos como buenos lacayos. Somos todo oídos a la iniciativa del gerente.
El sol empieza a levanatarse pero no así mi ánimo, que continúa anoctumbrado, que persiste viendo demonios ejecutivos, lagartos en el baño. Miro la calle a ver si te veo. La calle me entra por los ojos, soy un monoambiente, un taxi libre, un bondi repleto, un cartonero, un tren a toda velocidad.
La ciudad me fagocita, me doy pena pero esto no va a quedar así, simplemente va a empeorar.
Y cuando el sol vuelva a irse ya no tendré empleo, ni mujer (que quizá espere algunos días más por mí), ni ganas de estar en mi hogar. Estaré convencido de empezar de nuevo, pero la lluvia me molestará demasiado. Dormiré debajo de un puente, comeré con los sin techo, le voy a dar pena a más de uno, porque pena sí que tengo un montón para dar.
Como si fuese un criminal la policía querrá encarcelarme, pero con guardarme un poco de lucidez estaré a salvo de sus barrotes. Aunque seguiré viviendo en esta selva, que no es mía, que no es selva por la vegetación. Es selva por las miradas como puñales, el lucro como la imagen del éxito, la miseria y el despilfarro que conviven con la ignorancia y la astucia. Como si fuese una gota de lluvia comenzaré a caer sobre el asfalto, perezoso tendré que ir hacia las alcantarillas, buscando nuevamente el río que me llama.
Por ejemplo, donde decía De Narváez 2011 ahora se lee "VENDE" y abajo otro cartel: "alquila". Nada de gente. Miro para todos lados, la calle ofrece muchos, quiero ver si te veo, pero solo encuentro baldosas y luces que ordenan mi caminar.
De repente voy lento no porque me guste, sino para recibir cada momento algo después, y disfrutarlo el doble cuando llega.
Discusión en la calle:
- !!!Imagináte que en esa ambulancia va tu vieja!!!
- No. Mi vieja ya falleció.
- !!!Ves!!! Se murió por pelotuda.
Anoche no termina: mi gerente saca billete de cien dólar y me pide que consiga una botella de José Cuervo. Aparezco unos minutos después en la mesa con el escabio y el vuelto. El jefe es el más alcóholico de todos nosotros, sospecho que por eso mismo es el jefe, y considerando lo que beben mis compañeros concluimos que es de hierro el hígado del jefe. Tiene campo y acciones, seguramente le dé para rapiñar algún puesto estatal, quizá hasta para la política. Por supuesto toma frula, y sabe conseguirla solito. Quizá hasta vende. Para su jermu obviamente es sólo el gerente de Seguros La Libertad, un laburador, un tipo con el que casarse y tener hijos. Insulta a su mujer y se ríe de ella con nosotros. Llena nuestros vasos cortos, brindamos por la salud que perdemos en el momento exacto de hacer fondo blanco.
Cansado del sillón negro, de las luces naranjas, salgo con una compañera a fumar un cigarrillo a un patio interno. Veo en sus ojos un inconfundible brillo libidinoso, pero no hago más que hablar idioteces. Le confieso, como si fuera un crimen, que tengo veinte pesos en el bolsillo y que mi mujer está en nuestra cama, esperando que llegue con la cena.
Pero eso no sucederá esta noche. Beberé a cuenta de mis compañeros de trabajo, y de las invitaciones del gerente. Pienso en renunciar, en que este traje merece descanso, en ser alguien que sabe lo que hace y no su propia sombra.
No encuentro manera de acabar con esta noche. Escabiamos como cerdos, obedecemos como buenos lacayos. Somos todo oídos a la iniciativa del gerente.
El sol empieza a levanatarse pero no así mi ánimo, que continúa anoctumbrado, que persiste viendo demonios ejecutivos, lagartos en el baño. Miro la calle a ver si te veo. La calle me entra por los ojos, soy un monoambiente, un taxi libre, un bondi repleto, un cartonero, un tren a toda velocidad.
La ciudad me fagocita, me doy pena pero esto no va a quedar así, simplemente va a empeorar.
Y cuando el sol vuelva a irse ya no tendré empleo, ni mujer (que quizá espere algunos días más por mí), ni ganas de estar en mi hogar. Estaré convencido de empezar de nuevo, pero la lluvia me molestará demasiado. Dormiré debajo de un puente, comeré con los sin techo, le voy a dar pena a más de uno, porque pena sí que tengo un montón para dar.
Como si fuese un criminal la policía querrá encarcelarme, pero con guardarme un poco de lucidez estaré a salvo de sus barrotes. Aunque seguiré viviendo en esta selva, que no es mía, que no es selva por la vegetación. Es selva por las miradas como puñales, el lucro como la imagen del éxito, la miseria y el despilfarro que conviven con la ignorancia y la astucia. Como si fuese una gota de lluvia comenzaré a caer sobre el asfalto, perezoso tendré que ir hacia las alcantarillas, buscando nuevamente el río que me llama.
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